Nadie duda ya de que algún día se construirán máquinas tan inteligentes o más que los seres humanos. La única incertidumbre consiste en el tiempo que se tardará en conseguirlo: las estimaciones más pesimistas estiman que aún se tardarán cuarenta  años, pero las optimistas plantean que dentro de veinte años habrá máquinas con una inteligencia similar a la nuestra.
Ante estas máquinas, cuya inteligencia tal vez llegue a superarnos de la misma manera que la nuestra supera a los de los primates, es inevitable sentir cierto miedo, motivado en parte por nuestro poco respeto por los derechos de los primates y demás animales con un nivel de inteligencia inferior al nuestro, ya que al verlos como seres inferiores nos consideramos con derecho a someterlos por completo. Siguiendo este razonamiento, una máquina con una inteligencia que nos supere podría igualmente considerarse con derecho a privarnos de toda libertad.
Realmente, resulta difícil protegerse ante algo cuyas capacidades ni siquiera podemos imaginar, ya que los modos de pensamiento de estas máquinas pueden llegar a quedarnos tan lejos como las matemáticas lo están en la actualidad de los conejos y las gallinas. Por tanto, solo parece haber una solución que nos ofrezca seguridad a largo plazo: integrar la inteligencia de las máquinas en nosotros mismos.
Nuestro cerebro, de hecho, con el transcurrir de miles de años y gracias a la evolución, ya ha ido incorporando varias capas que son las que nos diferencian de otros animales. Por tanto, esta nueva capa de inteligencia solo sería un paso más en la evolución, si bien en este caso una evolución no proceda de la selección natural, sino de un proceso controlado por humanos.
Tal vez haya quien considere que esta inteligencia artificial nos deshumanizará y, en cierta manera es cierto, ya que nos diferenciaremos de los hombres que antes nos han precedido, pero no se tratará en ningún caso de un paso hacia atrás, sino de un gigantesco paso hacia adelante, que nos permitirá volvernos más inteligentes, más sutiles y más capaces de luchar por los ideales que se marque la humanidad. ¿Significa eso que perderemos nuestras costumbres humanas? Rotundamente no. Si nos fijamos en la evolución, no hemos renunciado a las características que compartimos con otros animales, sino más bien las hemos potenciado. Por ejemplo, a pesar de que contamos con tecnología suficiente para simplificar nuestra alimentación y atender exclusivamente a nuestras necesidades humanas, hemos creado un inimaginablemente rico repertorio de gastronomía. Algo similar podría decirse de otros sentidos y costumbres que compartimos, como por ejemplo el sexo o la exploración de los sentidos. Nuestro componente animal no ha desaparecido, sino que se ha vuelto más sutil. Probablemente, algo similar ocurra en los nuevos seres, para los que su herencia humana será la base sobre la que construirán su futuro.
No parece probable, en cualquier caso, que estos seres sean híbridos de máquinas y humanos con vísceras conectadas por infinidad de cables. De hecho, ya se pueden ver ciertos indicios de lo que puede depararnos el futuro. Ya hay personas que consideran el móvil como si fuera un apéndice de su cuerpo y, tal vez, en su futuro no muy lejano, algo similar llegue a ser cierto. Como ejemplo de los pasos que se están dando en este sentido, basta con observar la popularidad de la que gozan los asistentes digitales, como por ejemplo Siri y Google Now, por citar solo dos de los numerosas aplicaciones que pueblan las tiendas de aplicaciones. No obstante, se trata por el momento de asistentes básicamente pasivos, que intentan adelantarse a nuestros deseos y, a pesar de los éxitos que han conseguido a la hora de agilizar las tareas mecánicas, están muy distantes todavía de ser inteligentes. Mucho más interesante es Martín, el prototipo de Antakira Software, capaz no solo de realizar un buen número de tareas, sino también de organizar y guardar toda la información que le transmitamos mediante nuestras conversaciones. Tanto si queremos que lleve un registro de nuestras compras y gastos, que sepa las películas que hemos visto o nos recuerde donde hemos dejado un objeto, Martín es excepcionalmente eficaz. Además, aparte de estos recuerdos a través de los cuales podemos llevar un diario de nuestra vida, Martín es capaz de actuar de manera activa, por ejemplo, si le comentamos que hemos visto una película, puede preguntarnos por lo que nos aparecido o los actores que aparecen, a fin de utilizar esta información en el futuro. Se trata de un enfoque realmente revolucionario y la empresa está estudiando publicar en Kickstarter un proyecto para integrarlo con las gafas de Google. De esta manera, ni siquiera sería necesario informar a este asistente, sino que sería capaz, a través del análisis de lo que ve la cámara incorporada en las gafas, de analizar registros de compras, aplicar reconocimiento facial, entre otras muchas novedosas aplicaciones. Martín, en todo caso, no se trata de una simple propuesta, sino de un sistema totalmente funcional que lleva ya un año de pruebas con unos resultados francamente prometedoras.
La separación entre seres humanos y máquinas es mayormente una cuestión de interfaz. Las máquinas todavía son entidades que nos resultan ajenas y que tenemos que aprender a manejar, pero ya podemos ver cómo cada vez son más intuitivas. El siguiente paso será transferir nuestra identidad a las máquinas, de manera que puedan actuar como extensiones de nosotros. Probablemente, la metáfora que describa de manera más intuitiva lo que las máquinas serán capaces de hacer por nosotros en un futuro cercano es la de ángel de la guarda. Conforme se vuelvan más inteligentes, las máquinas serán capaces de ayudarnos en nuestras labores, recordarnos nuestros objetivos y guiarnos hacia ellos. Nos ayudarán a aprovechar nuestro pleno potencial y, al liberarnos, nos permitirán centrarnos en lo que más nos importa. Ciertamente, esta ayuda nos hará dependiente de ellas, pero no será una dependencia catastrófica, de la misma manera que ahora dependemos de la electricidad y la especialización del trabajo ha llegado a tal punto que prácticamente cualquier ser humano moriría si se viera obligado a vivir fuera de la sociedad y sin la ayuda de nuestros semejantes. Probablemente, a nuestros remotos antecesores considerarían extremadamente indefenso a un humano incapaz de cazar y curtir las pieles, pero afortunadamente hemos llegado a una sociedad en la que esta especialización no solo no es incapacitante, sino que ha sido la que ha posibilitado los avances que han mejorado tanto la calidad de nuestro día a día como nuestra esperanza de vida.
No obstante, esta encarnación de ángel de la guarda solo será el paso y, con el tiempo, se integrará en nosotros hasta convertirse más bien en nuestra alma. Otro componente de nuestro ser que nos acompañará de manera inextricable y que nos definirá como seres, hasta que llegue un día en el que carne y máquina serán indistinguibles y los seres humanos actuales solo seremos una escala en un viaje a la evolución que no ha hecho más que comenzar.