A estas alturas ya nadie duda de la relación directa que hay entre lo que comemos y nuestra forma física. A menos que nuestra constitución y metabolismo sean excepcionales, una alimentación descuidada y llena de grasas perjudiciales hará que los abdominales desaparezcan debajo de una gruesa capa de grasa, perdamos agilidad y durmamos peor. Dado que el mundo tiene una curiosa tendencia a funcionar por analogías, cabe preguntarse si es posible que le ocurra lo mismo a nuestra mente con las ideas con las que la alimentamos.

La semana pasada terminé de leer un superventas de pésima calidad literaria pero irresistiblemente dulce sintiéndome como si acabara de comerme de una sentada una caja de medio kilo de bombones.Tal vez, de la misma manera que la grasa se adhiere a las arterias y dificulta la circulación, las ideas que contiene este tipo de literatura se introduzcan en nuestras neuronas impidiéndonos pensar con claridad. Si es así, una sesión intensiva de telebasura, un libro de nula calidad o, incluso, una conversación con alguien con ideas tóxicas pueden hacer que nuestras mentes pierdan agilidad y, lo que es peor, se vuelvan adictas a este tipo de alimentación.

Aunque probablemente exista alguna relación entre las ideas a las que estamos expuestos y nuestra salud mental, resulta difícil determinar hasta la intensidad de dicha relación y, aún más, cuál es el valor nutritivo de cada idea que introducimos en nuestra cabeza. ¿Un libro de Borges es tan saludable como una lechuga aliñada con aceite y vinagre o es tan alucinógeno como una tortilla de setas mágicas? ¿Una película de Almodóvar es tan refrescante como un gazpacho manchego o tan indigesta como un batiburrillo de ingredientes sin ton ni son? ¿Las noticias de la mañana son tan saludables como una barra de pan recién salida del horno o tan prefabricadas como una baguete atiborrada de sal y mantequilla? Y si decidir el valor alimenticio de cada idea que ingerimos es complejo, teniendo en cuenta que hay que comer de todo, elaborar algo parecido a una dieta mediterránea para nuestra mente parece una meta imposible.

Hace unos años se pusieron de moda los juegos de brain training, aunque poco después se supo que sus efectos reales apenas se diferenciaban de los que conseguiríamos leyendo una novela o resolviendo pasatiempos. Tener una mente en forma no es tan sencillo como resolver cuatro cuentas y ejercitar nuestra memoria, pero es obvio que acabamos reproduciendo lo que vemos y, tal vez, si encontráramos la manera de nutrir adecuadamente nuestra mente, podríamos afrontar con más agilidad los problemas, empatizar mejor con los que nos rodean y, en definitiva, mejorar nuestra capacidad de ser felices, porque tener un buen físico está bien, pero tal vez habría que ir pensando en desarrollar un bonito six-pack mental.