La alimentación lleva siendo una de las principales preocupaciones de la humanidad desde sus primeros días. Cuando no comemos o no lo hacemos correctamente nos sentimos sin fuerzas, enfermamos con más facilidad y apenas nos apetece hacer nada.
Aún a día de hoy, sigue habiendo una buena parte de la humanidad que no dispone de recursos para alimentarse adecuadamente y hasta esa parte de la humanidad que habita en el llamado primer mundo tampoco parece haber conseguido alimentarse adecuadamente. La obesidad sigue siendo una importante lacra y, aún peor, no parece que la situación esté mejorando sino todo lo contrario. La cocina tradicional y sana cada vez está en mayor declive al tiempo que la comida rápida y precocinada aumenta de popularidad.
La falta de tiempo, a veces incluso de ganas, con frecuencia hacen que no sepamos qué comer y acabemos comiendo algo que a veces no solo no va a sentarnos bien, sino que tampoco nos gusta, al menos no excesivamente.

Tampoco es que falte, aparentemente, información sobre alimentación. Amén de las infinitas páginas web de recetas, basta con darse una vuelta por cualquier librería para encontrar todo tipo de libros de recetas a cual más atractivo: la cocina tradicional de la abuela, los platos sanos que nos protegerán de las enfermedades, las dietas que conseguirán que bajemos milagrosamente de peso y las delicias de países exóticos, miles de recetas nos esperan tentadoramente en cualquier estante. Y, sin embargo, seguimos comiendo mal. ¿Qué nos pasa?
Para empezar, toda la información que está al alcance de nuestras manos parece estar deslavazada. Por ejemplo, con frecuencia cuando se nos habla de recomendaciones diéticas, apenas se incluyen recetas y cuando nos ofrecen infinidad de recetas no parecen tener en cuenta que incluyen ingredientes que no se encuentran en nuestra ciudad, por no hablar del supermercado de la esquina. Todo eso, sin tener en cuenta que, que no se tienen en cuenta nuestra particularidades, como por ejemplo, nuestra edad, peso o nivel de actividad física.
Por último, ysiguiendo la estela del pensamiento «todo lo que me gusta es pecado, ilegal o engorda», parece que la auténtica diferenciación en materia culinaria está entre la comida sana (poco sabrosa) y la comida no sana (pero sabrosa). Por si fuera poco, la mayoría de los alimentos parecen tener un reverso tenebroso y las guías que nos lo explican nos dejan sin responder a la pregunta que más nos interesa, es decir, vale que el aguacate tiene mucha grasa y parte de ellas son saludables, pero ¿lo tomo o no lo tomo? ¿Y si es así, en qué proporción?
Tal vez la solución resida precisamente en considerar la alimentación como un problema que puede plantearse y resolverse. La mayoría de los manuales en realidad, no son más que soluciones a dicho problema válidas para un grupo genérico de gente y que, por tanto, son más o menos buenas para todos y no son óptimas para ninguno. A fin de cuentas, no hace tanto que la distribución de información no había alcanzado la velocidad y capacidad actuales, por lo que era la mejor manera de abordar la alimentación.
Ahora, la situación ha cambiado, no solo por la cantidad de información que puede distribuirse a través de las modernas redes de comunicación, sino también por la ubicuidad de las apps, capaces de adaptar esta información a nuestra situación específica. Por ejemplo, ya no resulta impensable que exista una aplicación que, tras unos rápidos pasos de configuración, sea capaz de recomendarnos lo que deberíamos comer. Solo con indicarle nuestra edad, peso y altura, podría realizarnos recomendaciones mucho más precisas que prácticamente cualquier libro de cocina del mercado. Si además le sumamos la posibilidad de que tenga en cuenta situaciones adicionales, como por ejemplo, que debemos seguir una dieta baja en sodio o que tenemos la tensión alta, la utilidad de la aplicación se dispararía.
Aún más, con un poco de esfuerzo, esta aplicación podría tener en cuenta, de manera transparente para nosotros muchos otros datos, como por ejemplo, la estación del año en la que estamos y los productos que están de temporada o la disponibilidad de productos en nuestra ciudad. Por supuesto, también debería tener en cuenta algo tan importante como nuestras preferencias personales, ya que al final de nada nos sirve que el brécol pueda tener un efecto milagroso sobre nuestra salud si no queremos verlo ni un pintura. ¿Acaso no hay alternativas? Aunque se puede plantear que la alimentación es un problema que tiene solución, dicha posibilidad no implica necesariamente que la solución sea única, sino que más bien deberíamos pensar en un conjunto de soluciones válidas, entre las que podemos elegir la que mejor nos adapta, consiguiendo así lo que parece ser una panacea: comer sano y sabroso.

De esta manera, la aplicación podría recorrer el camino que va desde nuestra situación personal hasta la lista de la compra, planificando los menús que podrían mantenernos perfectamente alimentados durante toda la semana. El resultado sería como tener los consejos de una combinación de nuestra madre, un dietista personal y nuestro mejor amigo, en la que milagrosamente todos consiguieran ponerse de acuerdo. Si además, le sumamos que la aplicación podría registrar cada una de nuestras comidas y, por tanto, evaluar si estamos respetando las proporciones de alimentos o tan solo nos lo parece.

Un paso adelante más que supondría esta aplicación sería la retroalimentación ya que, a fin de cuentas, muchos de los problemas que plantea la alimentación corresponden a información incompleta, ya que este tema sigue planteando numerosos interrogantes. Por tanto, contar con información de primera mano sobre cómo miles de usuarios se alimentan y los efectos que esta alimentación tiene sobre ellos sin duda sería una valiosísima fuente de información para continuar avanzando.

Por último, para quien quiera revisar sus hábitos de alimentación, estos libros pueden ser útiles: